Ella estaba saliendo del portal cuando lo vio aparecer. Él llevaba las ropas del trabajo: un simple y viejo chándal azul marino con una camiseta blanca, aunque a veces era gris. Él la descubrió mirándole y la saludó con sus blancos dientes perfectamente alineados. Ella no sabía qué hacer, se había puesto nerviosa y sólo pudo dedicarle su mejor sonrisa.
Era un amor de juventud. Su primer amor. Su primer desvelo. Su primer desengaño.
A sus quince años no había conocido otra cosa, había pasado de enamorarse de sus ídolos musicales y del mundo del cine a enamorarse de alguien a quien podía tocar, de alguien con quien podía mantener una conversación fluida, de alguien cuya sonrisa le ponía el cuerpo patas arriba. Lo que toda quinceañera podría desear en su más reciente adquirida adolescencia.
Pero a la vez, era realista y sabía que los sentimientos que ella tenía hacia él no eran correspondidos. ¿Quién iba a fijarse en una bolita de carne como ella? No era la chica ideal para él, no medía 1'75 m, no pesaba 65 kg, era todo lo contrario: apenas pasaba del 1'60 y sobrepasaba los 70kg. Era consciente de que ni a él ni a nadie pudiera llegar a gustar alguna vez.
Sin embargo, no le importaba. Seguía sonriendo cada vez que lo veía. Siempre pensaba que alguna vez esa sonrisa sería más fuerte que lo que escondían sus amplias ropas. Pero no fue así.
Tras varios meses de miradas furtivas y sonrisas robadas en el lugar de trabajo de él, tras varios meses de momentos creados que parecían intuir algo más de lo que realmente ocurría; entró una mujer alta, de pelo castaño y ojos marrones, piel dorada por el sol y un cuerpo sacado de cualquier revista de estilo y moda. Todo lo contrario a ella.
Esta mujer, nada más pisar el lugar, fue hacia él sonriendo, él le correspondía la sonrisa con una aún más amplia. Se besaron. Un beso agridulce, dulce para ellos, agrio para aquella cliente que esperaba su turno, aquella cliente enamorada en secreto.
Aguantó la compostura delante de él. Llegó su turno, compró y salió sin sonreir, toda una novedad en ella. Se alejó de allí, con un regusto amargo en la boca, con la realidad encontrada de bruces, con una puñalada de veracidad en el pecho.
Esta historia no tiene final feliz, pero tiene un final. Toda historia ha de tenerlo. Esas sonrisas han quedado en el recuerdo, esas miradas han sido olvidadas en la misma tienda que a día de hoy cerró sus puertas.
Es sólo una historia de tantas.
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