Era un día de un verano reciente, con un atardecer rojizo, estábamos sobre el mar Mediterráneo en un velero con las velas recogidas sobre la cubierta, tumbados, sintiendo la suave y cálida brisa de la costa del azahar en nuestro rostro.
Bebíamos champán, celebrando nuestro aniversario de amor; cuando mi amado, rodilla en popa, destapa una enorme caja azul con un delicado lazo rojo que había estado cubierta con las velas.
No me esperaba nada, le pedí explicaciones debido a su mala memoria para las fechas, pero no obtuve respuesta... sólo un gesto que me indicaba que abriera la caja. Me temblaban las manos, sentía clavados sus ojos en mis gestos, la abrí con nerviosismo.
De ella salió otra igual pero de menor tamaño. Abrumada, le interrogué con la mirada esperando algún gesto que lo delatara, sus ojos y su sonrisa me indicaban que continuara con ello. Desenvolví el regalo a mayor velocidad que la vez anterior, sin embargo, volvió a sucederme lo mismo que al principio, apareció otra caja igual de menor tamaño.
Comprendí el juego, y tras una mueca burlona seguí desenvolviendo paquete tras paquete, como si fuera una niña la mañana del 6 de enero.
Tras unos pequeños minutos de expectación me quedé con una pequeña cajita del tamaño de un puño sobre las manos. Miré a mi amado, seguía de rodillas, como al principio de ponerme a abrir cajas y cajas de regalo. Incrédula, me imaginé lo que podría haber en esa pequeña caja, sentí como poco a poco empezaba a ruborizarme esperando la pregunta. No tenía que pensar en mi respuesta, sabía cuál iba a ser desde hace tiempo. Ágilmente recordé como me imaginaba que sería este momento y cómo él lo había hecho inmejorable.
Mi cuerpo no respondía, veía su labio temblar, estaba esperando el momento perfecto, cuando nuestras miradas conectaran, para pronunciar, cual palabras mágicas, la tan ansiada pregunta.
La brisa marina seguía soplando. Por el aire volaban los pequeños trozos de papel de regalo que iba dejando sobre la cubierta mientras abría los paquetes. Él abrió el estuche, nos miramos fijamente, con dulzura mientras él deslizó el precioso anillo sobre mi dedo anular.
"¿Quieres casarte conmigo?" Sus ojos corroboraban lo que sus palabras transmitían
"¡Sí, mi amor!"
De pie, abrazados, nos fundimos en un bello beso con el sol terminando de ocultarse tras nosotros. Nuestra pasión creció por momentos al igual que llegaba la noche, y la culminamos sobre la cubierta del barco con la luna llena ya sobre nosotros.