jueves, 9 de junio de 2016

ALAMEDA

Me llamo Diego, proyecto de adulto e ingeniero en potencia. Cuando me dijeron de hacer prácticas no remuneradas tuve que pensarlo mucho. Haces lo mismo que un trabajador de allí, pero gratis, aunque te convalidan créditos y eso que luego te puedes ahorrar. Lo que nunca pensé que fuera a pasarme es lo que he decido que ahora os voy a contar.

Empezaba un lunes y ya desde primera hora de la mañana prometía ser un día de mierda, literal. Mi querido perrito tuvo la genial idea de dejarme un regalo en el pasillo de casa. Sí, lo pisé.
El calentador de agua de casa también decidió estropearse a mitad de ducha. Y mejor no os cuento lo del desayuno, pero es cierto que la tostada cae siempre del lado de la mantequilla.

Así que con Murphy pisándome los talones, tomé el metro y me dirigí a la empresa donde ese día comenzaban las prácticas.

A simple vista es un lugar grande, pero por dentro es inmenso. Puertas y pasillos por todas partes, ascensores, 7 pisos de altura y 2 semi sótanos, dispuestos como cochera. Os juro que mínimo 2 minutos estuve en mitad del hall boquiabierto, hasta que una de las recepcionistas me sacó de mi ensimismamiento para quedarme embobado mirando su sonrisa.
Se presentó, y no es por ser poético, pero sus ojos representaban su nombre: Aurora.

Hicimos un tour por todas las instalaciones de la empresa: los despachos, las salas de juntas, zonas de descanso... y la última fue, cómo no, la del jefe. Me comían los nervios, ya había oído hablar de Alameda, tiene fama de estricto y de él depende que termine mi ingeniería sin problemas. Corre el rumor por la universidad, que aunque realices unas prácticas de 10, Alameda tiene el último voto. Y todo va en la primera impresión que se lleve de ti. Según cuentan, él te ve el primer y último día de tus prácticas, delega en sus subordinados que tú aprendas y realices bien el trabajo, y éstos informan a Alameda de tus progresos.
La sorpresa me la llevé cuando Aurora llamó a su puerta y pudimos pasar. Alameda no era el jefe, era LA JEFA. Y menuda mujer. Alta, piel clara, pelo oscuro, cayendo onduladamente en perfecta simetría sobre su pecho, enguantada en un traje de chaqueta y falda tubo negro, y bajo éste una blusa rojo fuego a juego con sus zapatos de tacón inmenso y unos labios que hasta mi entrepierna tuvo que contenerse.

Se levantó nada más entrar nosotros, y con paso firme me dio un apretón de manos. Sus ojos emanaban poder, un poder azul intenso, casi transparentes que parecían atravesarme. Si articulé palabra creo que fue un balbuceo, no estoy seguro. "Bienvenido Diego", sólo cruzó esas dos palabras conmigo, pero supieron a miel. Una mujer con una voz tan dulce no podía ser tan abobinable como la pintaban por la facultad. No cuadraba.

La primera semana pasó rápido. Iba de lado a lado, ayudando a todos, haciendo lo que todos me pedían. Era un becario más, pero gratuito. Aprendiendo a utilizar el software informático, a tratar con clientes y proveedores, era el chico para todo. A los 15 días ya era uno más de la plantilla, incluso tenía plaza en el parking reservada, entre dos columnas muy estrechas, pero que para mi moto, era perfecto. Se había acabado eso de madrugar de más para tener que coger el metro, las colas, los empujones y la caminata a pie desde la parada.

Un día estaba con Javier, un arquitecto al que estaba ayudando con unos planos para ver cómo podríamos colocar un sistema de vigilancia que no causara estragos en las paredes, que estéticamente se fundiera con el edificio, cuando Aurora pidió permiso para entrar. "Alameda quiere verte Diego". Os juro que me acojoné, me quedé más blanco que el folio que tenía delante. Javier resopló, fue un puff que sonaba a te acompaño en el sentimiento. Y una palmadita en la espalda, que me sirvió de empujón para seguir a Aurora.

Aurora me acompañó hasta el despacho de Alameda, ni qué decir tiene que éste se situaba en la última planta y yo estaba en la primera, así pues el trayecto se me hizo más largo de lo que podría parecer.

La puerta del despacho de Alameda estaba ligeramente abierta y se la oía hablar por teléfono. No había rastro de miel en su voz, sonaba a veneno de abeja, apitoxina, que diría la mi hermana farmacéutica. Entré, me vió y con un gesto de la mano me dió a entender que cerrara la puerta. Colgó el teléfono, me pidió que me sentara y acto seguido, lo hizo ella enfrente de mí.

- Puedes relajarte Diego. No te he hecho llamar por nada malo. Sólo me interesa saber qué tal te están tratando, si estás cómodo, contento. Quiero que tus prácticas sean agradables y satisfactorias. 
- S-sí, sí. Todo muy bien, señora Alameda. Gracias por brindarme la oportunidad de realizar aquí las prácticas.  Estoy muy contento. 
Se levantó de su asiento y continuó diciendo: Estoy segura de que ha llegado a tus oídos que soy una especie de ogro. La vi dirigirse a las ventanas y cerrar las persianas. Por favor, no te lo tomes todo tan literal. Sólo hago mi trabajo. Si un día llegas a ser jefe de alguna empresa, sabrás a lo que me estoy refiriendo. Mientras hablaba también la observé llegar a la puerta y girar la llave y el pestillo. ¿Estaba encerrándome con ella dentro? ¿Entiendes lo que quiero decir, Diego? Y mi nombre en sus labios se sintió como una corriente eléctrica por todo mi cuerpo cuya salida ya os podéis imaginar cuál es.

Volvió a la mesa y pasó la mano por debajo del tablero. Pulsó un botón y de los reposabrazos de la silla donde yo estaba sentado salieron unos grilletes que me aprisionaron las muñecas, y otros grilletes también alrededor de mis tobillos. Hubiera gritado, pero ella en un rápido movimiento se había colocado detrás de mí y me habia puesto una mordaza, una bola, atada a mi nuca. ¡Dios mío me iba a torturar! Todas las películas de terror se pasaron por mi cabeza.
El respaldo de la silla empezó a reclinarse hacia atrás, y la zona de los pies a levantarse, para dejarme completamente tumbado, Noté que me hundía, o yo estaba bajando o el resto del despacho subiendo, hasta que sentí el suelo en mi cabeza. La ví acercarse, paso a paso, sus tacones resonando en mis oídos, incluso pude ver el tatuaje de su tobillo, un trébol de cuatro hojas, a través de sus finas medias negras. Miré hacia arriba y la encontré mirándome, con aire de superioridad y una sonrisa pícara que avivaba mis instintos animales. Y una fusta entre sus manos. Una fusta. No abrí más los ojos por miedo a que éstos salieran huyendo. No voy a hacerte daño Diego, sólo voy a darte la bienvenida. Sí, lo reconozco, me puso a tono. La carne es débil y yo, atado y amordazado, más aún. Cogió algo de la mesa y se agachó. Eran unas tijeras. Cortó mi camiseta. Se deshizo del cinturón de mis vaqueros y efectivamente, también de mis vaqueros.
Allí estaba yo, con mis calzoncillos de Snoopy a punto de ser torturado por mi jefa. Pero me equivocaba ligeramente. Tortura era, pero no mortal.

Pasó suavemente la fusta por mi torso, una pierna hacia abajo y la otra hacia arriba, por mi ombligo, mis brazos y dió un ligero toque en la caseta abultada de Snoopy. Al principio dolió un poco pero después ese dolorcillo se convirtió en un cosquilleo muy sugerente. Repitió lo mismo otra vez, y una vez más. Snoopy estaba a punto de salir de la caseta. Sonreía satisfecha la señora Alameda. Se situó muy cerca de mi, subió un pie y me pisó el pecho con su zapato de tacón, colocada estratégicamente para que con un simple vistazo pudiera ver que debajo de su falda asomaban ligueros en sus medias y ni rastro de otro tipo de ropa interior, ni de vello. Colocó cada uno de sus pies a los lados de mi cabeza, la vista era tremenda y cada vez que se subía lentamente la falda, la luz iluminaba esa oscuridad para dejar al descubierto su arma más poderosa. Bajó hasta ponerse de rodillas, podía absorber su olor; rosas y vainilla, la fragancia que había en la sala, también la llevaba ella en todo el cuerpo. Quitó mi mordaza. Bajó aún más y bramó: Chupa. Obediente, lo hice. Lamí y lamí mientras ella movía las caderas alrededor de mi boca. Seguía sosteniendo la fusta en la mano, la cual depositó encima de mi Snoopy. Ni ella podía parar de frotarse contra mi cara ni yo de lamer, chupar, succionar. Hacerla estremecer con la lengua era lo último que me pudiera haber imaginado que me iba a ocurrir en estas prácticas. Pero paró. Se giró y bajó mis calzoncillos dejándome expuesto. Una leve exclamación salió de su boca. No quiero alardear, pero tengo fama de 'buen' amante. Se curvó y me besó la polla, yo seguía mordiendo su clítoris. Pese a estar sometido, fue la mejor felación de mi vida. Se llegó a atragantar hasta 3 veces con ella y un escalofrío subía por mi espina dorsal cada vez que rozaba sus dientes, desde la base hasta la punta. Donde metía la lengua y succionaba. Era una carrera a contrarreloj, mi lengua comenzó a trabajar el doble hasta que sentí cómo se corría en mi cara. A punto de correrme yo con ella, paró. No sé de donde lo sacó pero allí estaba, un condón salvaje apareció y lentamente me lo fue poniendo. Se sentó a horcajadas encima de mi, la tenía de frente, sus gotas de sudor comenzaron a juntarse con las mías y cabalgó. Cabalgó como nunca. No conseguí verle los pechos pero se intuían grandes dentro de esa camisa, por cómo botaban. Deseaba tocarla, acariciarla, terminar de hacerla estremecer de nuevo, con la polla y las manos a la vez. Pero ella mandaba, ella es la jefa.

No tardé mucho más en correrme y ella, otra vez. No la oí gemir, sólo la sentí. Cuando terminamos. Se vistió de nuevo. Sacó un uniforme de la empresa, me desató y me lo dió. Toma, te va a hacer falta para terminar la jornada, y para volver a casa. Ah, y si quieres volver a repetir esto, será mejor que mantengas el secreto. Sonrío, me guiñó un ojo y me lanzó un beso. El cual atrapé.

Salí de allí sudoroso, sin creerme nada de lo que acababa de pasarme, pero os lo aseguro, a partir de ese día, fueron las mejores prácticas de mi vida.