Una pequeña historia de amor entre dos personas. Hombre y mujer, llamados al deseo en un despacho.
Él no dijo nada. Se quedó donde estaba, a pocos centímetros de ella, respirando con dificultad. Percibía su enfado, su perfume y el aroma de su cuerpo. Era consciente de sus ojos oscuros y de su piel de marfil. Se acercó un paso y sus cuerpos se tocaron. Fue como una descarga eléctrica.
Se quedaron quietos, respirando los dos pesadamente, mientras su enfado se convertía en algo diferente. Él se inclinó, haciendo que sus labios se juntaran. Fue un beso lento, durante el que sintió la presión de sus pechos.
Ella le puso una mano en la nuca y se acercó hasta que el contacto de sus cuerpos fue total. Entonces, casi sin saber qué hacía, él levantó los brazos, amoldó sus manos al cuerpo de su amada y se pegó a ella. Deslizó los labios para besarle la barbilla, el cuello y un hombro. Ella se retorcía suspirando.
Él sintió el calor de su aliento en la mejilla y la presión de sus dientes en el lóbulo, primero suave y después más incisiva. Ella lo arrastró hacia la mesa y se dobló hacia atrás. Él la acompañó en su movimiento, sin despegarse de sus caderas. Le desabrochó los botones de la blusa y luego el sujetador. Cuando vio sus pechos al desnudo, balanceándose, sintió que aún estaba más duro que antes.
Las manos de ella bajaron de sus hombros e hicieron dibujos en su torso hasta llegar a la cintura de sus pantalones. Entonces le abrió el cinturón, le bajó la cremallera y lo dejó lentamente al descubierto. Y lentamente su mano comenzó a acariciarle.
Él, con un suspiro entrecortado e involuntario, cogió el borde de su blusa, pasó las manos por debajo y le quitó las bragas. Ella se tambaleó un poco al ser penetrada, antes de proyectar las caderas y arquear la espalda para dejarle entrar hasta el fondo.
Se quedaron un momento así, con los ojos cerrados. Luego los labios de ella se abrieron, su cabeza cayó hacia atrás, dejando el cuello al descubierto, y su boca emitió un gruñido de deseo. Él tomó sus muslos entre las manos y empezó a deslizarse dentro y fuera de ella, una y otra vez suavemente, lentamente, mientras los papeles caían al suelo...
... y de pronto, en una oleada de placer, todo acabó.
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