miércoles, 3 de octubre de 2012

Sueños de amor

Se sentó sobre la arena de aquella cala mediterránea con el bañador mojado. Estaba solo. Una suave brisa acariciaba su piel bañada por el sol del atardecer. Sólo se oía el ruido de las olas golpear contra las rocas, inspiraba paz y tranquilidad. 

El chico suspiró aferrándose a su soledad. Sintió el deseo de mirar al punto más alto de una de las rocas que lo rodeaba y allí la vio: la silueta de la que parecía una mujer, pegando sus pies en el borde, con los brazos en cruz. La vio alejarse. Lo suficiente como para salir corriendo hasta el borde y saltar. Cayó como una sirena. Se perdió entre las olas.

Asustado, se levantó deprisa, con el corazón encogido y según se iba acercando a la orilla, vio emerger a la mujer, mimetizada con el mar... ella era una ola más. 
Él frenó en seco, al borde de la orilla, cuando la vio acercarse hacia él; con un paso sugerente, sensual, a través del mar.

No podía dejar de mirarla, le tenía hipnotizado su manera de moverse, su pelo mojado se movía impulsado por la brisa, con restos de coral entrelazados a él.

Según ella avanzaba con paso firme, él se alejaba tambaleándose, sin apartar la vista, hasta que tropezó con sus propios pies y cayó de espaldas, apoyándose en las muñecas, justo cuando ella ya le había alcanzado y le traspasaba con la mirada.

Ella se agachó apoyando una de sus rodillas en la arena y se inclinó hacia él, sin mediar palabra, y sus manos se depositaron suavemente en los hombros del chico y ejercieron una leve fuerza que lo impulsó a tumbarse en la arena, siguiendo las directrices del cuerpo de ella.
La chica se inclinó y lo besó, sensual, apasionada, dulcemente. Instintivamente los brazos de él la abrazaron por la espada y la atrajo hacia sí. Una leve erección se hizo notar entre los dos.

Allí solos, alumbrándolos por igual el sol del atardecer y la luna llena, mecidos por la suave brisa nocturna, protegidos por las olas que llegaban y se iban... se fundieron en un solo ser.
Se desnudaron mutuamente sin separar sus labios; ella acabó sentada encima de la cadera del chico, mientras acariciaba su pecho, recorria con sus manos todo el cuerpo que la era posible abarcar; entre cómplices miradas y sonrisas él le devolvia los gestos, acariciaba su espalda, su pecho, sus caderas... La izó un poco sobre él, ella agarró su masculinidad y se sentó suavemente sobre ella, sintiéndola dentro. Repetidos vaivenes eran acompañados con el romper de olas en las rocas y en sus cuerpos. Movimientos lentos y suaves se interrumpían con otros más fuertes y salvajes. Suspiros entrecortados por gritos de fiera sin domar... Él no quiso ser menos, y se giraron sin separarse el uno del otro, y él tomó las riendas de la pasión. Pequeños y fuertes embistes que entrecortaban la respiración de su sirena, los hicieron llegar al clímax.

Quedaron los dos tumbados, boca arriba, con la respiración entrecortada, bañados por las olas... Él giró su cabeza para verle la cara a la chica, ella le estaba mirando; le sonrió, se incorporó y le besó los labios. Él se sentó sobre la arena y la vio alejarse de nuevo al mar... donde se fundió con las olas que volvieron a buscarla, quedando él allí, sólo otra vez... como si todo hubiera sido un sueño.



"este pequeño relato se lo dedico a mi fan número 1, Diego, lector apasionado de este blog. ¡¡Gracias cielo!! Aquí tienes lo que me pediste :)"

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