miércoles, 11 de septiembre de 2013

Cinco metros cuadrados

Donde trabajo hay una estancia pequeña, donde vamos guardando aquellas cosas utilizadas cuya vida útil ha perecido. Es una sala pequeña, de unos cinco metros cuadrados, quizá alguno más si quitamos las estanterías. Pues bien, desde hoy, ese es mi cuartito preferido.

Todos días, en la hora anterior para acabar mi turno, llevo todos los papeles y demás material que ya no se van a usar a dicha sala. Sólo 4 personas tenemos la llave de la misma. Dos en mi turno y otras dos personas en el otro turno. Y, como siempre y para no variar, intento llevarlo todo en un solo viaje.

Hoy era un día tonto, de esos días de manos de mantequilla y piernas de regaliz; todo se caía, todo se rompía, no daba pie con bola. Con una torre de material entre mis brazos que me impedía ver los pasos que daba, intenté de cientos de formas atinar con la llave y la cerradura de mi amado cuarto. Las llaves al suelo, como era de esperar en un "Día-Murphy".

De una estela de humo invisible apareció mi compañero, el otro portador de la llave de mi turno, como si de un príncipe se tratara dispuesto a salvarme. Iba tan en mi mundo que no le oí cerrar la puerta con llave cuando entramos.

Dejamos las cosas en su sitio previamente establecido, entre risas, chistes y sonrisas. Pero me bloqueó el paso antes de llegar a la puerta. Me hizo retroceder sobre mis talones hasta el trozo de pared libre más cercano, mientras de su boca salían las más bellas palabras que nunca había escuchado: "quiero que seas mía", "hace tiempo que siento por ti lo que por nadie", "muero por sentir esa sonrisa en mi boca".

Era un hecho evidente que entre los dos siempre hubo mucha química, la cual se iba a transformar en física si nadie hacía nada por evitarlo. Y estaba claro que ninguno de los dos iba a hacerlo. Así que... nos dejamos llevar, en apenas cinco metros cuadrados, (esperamos, insonorizados), envolviéndolo con nuestras respiraciones elevadas a la enésima potencia, con gritos ahogados y un desenfreno irracional.

Terminamos nuestro turno allí, en mitad del cuartito, resoplando, con cientos de papeles y otros útiles siendo testigos de nuestro affaire. 

Salimos de allí con la promesa de encontrarnos mañana. Espero que él lo desee tanto como yo. 

2 comentarios:

  1. Qué pena que sea inventado¡¡¡
    Besos

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    1. jajajaj, lo sé, lo sé. A veces la imaginación nos hace escribir cosas así xD
      Besos !!

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