martes, 28 de enero de 2014

Sí, señor director

Verano. Lunes en la oficina. Sin aire acondicionado desde la semana anterior, lo cual me obliga a llevar menos ropa de la esperada, una camiseta negra estilo nadadora y una minifalda negra con vuelo. Sé que no es una ropa formal para ir a la oficina pero es lo más fresquito hasta que mantenimiento arregle el aire acondicionado.

La silla se repega en mis piernas, no aguanto cinco minutos sentada frente al calor que desprende el ordenador de mi mesa. Divido mis viajes entre la fuente de agua fría y el baño. Cada 15 minutos, además, mi jefe me pide un vaso con cubitos de hielo. Y yo, como buena secretaria, cumplo órdenes.

Llamo a la puerta y entro en su despacho; lo decora una mesa demasiado grande para lo poco llena que la tiene, 4 papeles mal puestos, su agenda y algún bolígrafo con el capuchón mordido. Es de amplios ventanales, aunque ahora, y debido al calor, mantiene las persianas casi bajadas del todo. Un enorme techo de espejo da amplitud al lugar "¿Para qué quiere este hombre un espejo ahí?" Siempre me hago esa pregunta cada vez que entro.

Le dejo el vaso en su mesa, como él me pide. Hoy lleva una camisa roja con corbata negra, el traje negro también. Está increíblemente atractivo. Dejo a un lado mis impuros pensamientos y le pregunto si necesita algo más de mi. Se quita la chaqueta y me pide que se la cuelgue en el perchero. Él se levanta de su sillón ejecutivo y cierra tras de mí la puerta, oigo que pone el pestillo.

Se acerca a mí lentamente, lleva el vaso con los cubitos de la mano. Muy cerca de mis labios me susurra "hace calor ¿no cree?" Coge un hielo, y lo desliza por mi cuello "quizá esto consiga refrescarla señorita, ¿se siente mejor". Asiento con mi cabeza y respondo "está muy bien señor director". Él me sigue pasando el cubito de hielo por todas las partes descubiertas de mi cuerpo, acelerándose mi respiración más y más "¡Qué bien huele este hombre!"

"¿Sabe señorita? Aún no he bebido agua, podría aprovechar lo que hielo ha ido dejando..." Besa mi cuello lentamente, mis hombros, mi escote... y se detiene justo enfrente de mi boca, puedo notar el frescor de sus labios en los míos, pero no hace nada, no me besa, solo me mantiene ahí, agonizando, esperando el impacto de nuestros labios.

En una milésima de segundo tomo la iniciativa. Agarro la corbata de mi señor director y le llevo hasta su mesa. Con un brazo echo al suelo todos sus papeles, le obligo a tumbarse boca arriba encima y yo a gatas trepo por él, "me excita tanto señor director...", "y usted a mí". Se desbrocha la corbata. Yo me acerco lentamente y le beso con pasión, con esa pasión que no me dejó sacar cuando estábamos de pie, sus manos agarran mis caderas con firmeza, le muerdo el labio inferior, es mi presa. Acaricia mis glúteos bajo la falda, me sonríe pícaramente y me devuelve el beso y el mordisco, disfrutando del momento.

"Besas mejor de lo que me imaginaba señorita. Aunque debería castigarte por morder a tu jefe..." Y me azota en la nalga derecha. Un leve gemido placentero sale de mi garganta para meterse en su oído. Y vuelvo a morderle el labio. "Parece que no aprendes..." Un azote en la nalga izquierda no consigue que reprima mis gemidos. Me coge, se incorpora, me pone contra la mesa boca abajo, inmovilizada, con el culito al borde de la misma, expuesta a cualquier cosa; me vuelve a azotar. Se acerca a mí y me susurra "ahora te portarás mejor" y me ata las manos a la espalda con la corbata.

Me gira, me arranca la camiseta, dejándome al aire todas mis intimidades. Se lanza a mi cuello, gimo y me manda callar. Llega a mis pezones, los roza, los besa suavemente... me contraigo frente a él, me los besa con pasión, desenfreno, locura, succiona, muerde... y yo muero al sentir como su mano recorre el interior de mis muslos, como empieza a masajear y a estimular mi centro del placer... "¿vas a volver a ser mala conmigo?" me susurra mientras elevo mis caderas adaptándolas a su mano. "Sí, señor director, si el castigo es éste seré mala eternamente" consigo articular entre mis jadeos, sus dedos han comenzado a inundar mi interior... hasta que para en seco. Me desata las manos, con un brillo en los ojos. Sé lo que quiere, y sé que se lo puedo dar.

Le llevo a su silla, le siento, me arrodillo ante él, desabrocho sus pantalones los cuales bajo con suavidad y lentitud. Su erección queda atrapada en los boxers. Me levanto, me siento sobre él, de frente. Pongo mis manos en su cara, lo beso mientras muevo mi cuerpo en un vaivén sobre su entrepierna abultada. Sintiendo como se clava. Vuelvo a arrodillarme y lo libero de su cárcel de algodón. Con miedo toco su virilidad pero la agarro fuerte después. Arriba, abajo, arriba, abajo, siguiendo el ritmo de su respiración. Sientiéndola enducerse más. Beso la base de su nacimiento, beso y voy subiendo... hasta llegar a besar su húmeda punta. Bajo y sigo besando, lamiendo, subiendo... mi lengua juega con su punta.

Introduzco despacio su virilidad en mi boca, él siente mis dientes, mi lengua... Con una mano agarro firmemente la base y mi cabeza sube y baja con su virilidad bien dentro. Lamiendo la punta, succionando hasta el fondo, pasando ligeramente los dientes. Chupo. Lamo. Succiono. La llevo hasta el fondo. Muerdo la puntita. Le oigo ahogar un grito. A la vez que muevo mi cabeza, también muevo mi mano, apretando. Lamiendo alrededor de su hombría, succionando su esencia. "¿Está bien así, señor director?"

Se incorpora jadeante, me tumba sobre la mesa, besa mi abdomen bajando hasta mi muslo. Se acerca peligrosamente a mi sexo. Besa mi éxtasis, lo lame, lo succiona, lo estimula rápidamente con su lengua. Un suave dedo se introduce en mi interior, lo mueve, me masajea por dentro. Yo me retuerzo entre sus manos. No deja de besarme ahí, de lamerme y succionarme. Me muerde. Chilló de placer. Con otro dedo busca mi zona más sensible, acelerando el ritmo mientras me besa como si no fuera a existir el mañana para nosotros, ahogando mis jadeos. "Me muero por estar bien dentro de ti señorita, y que me sientas entero".

Se acomoda encima de mi, y me introduce su sexo en el mío sin prisa... pero sin pausa. Mirándome fijamente. Se mueve despacio. "Oh... señor director". Entre sus jadeos y los míos va acelerando sus embestidas. Siento como si quisiera atravesarme. Me agarra de la cintura fuertemente, atrayéndome hacia él, empujando dentro de mi con todo su potencial. Me gira y me pone a modo de perrito y sigue más fuerte. Entre jadeos y vaivenes nuestros cuerpos se van fundiendo. Me da un par de azotes en las nalgas. Ahogo mis gritos. A más azotitos, más jadeos, a más jadeos, más me embiste mi jefe. Le siento llenarme. Agarra mis nalgas, luego mis pechos, me arquea para tener más amplitud de mí.
Le tumbo yo ahora a él y me siento sobre él. Es hora de jugar. Yo dominaré a esa bestia, yo seré la ama y él mi dominado. Vuelvo a introducirme su sexo en mí, me encorvo hacia atrás para que mi señor director pueda ver lo tan profundo que es capaz de llenarme. Me muevo encima de él, jadeando en su oído. Apretando mi sexo con el suyo dentro. Me agarra de la cintura y nos movemos juntos. Nuestros jadeos son cada vez más y más sonoros. Me muevo en círculos con su virilidad dentro de mí, aumento la velocidad. Le susurro al oído "lo quiero todo y lo quiero ya"... Subo y clavo las bajadas, varias veces hasta que consigo llenarme por completo de él.

Extasiada, me tumbo sobre él. Me abraza. Hace calor, pero no nos importa. Le sonrío tontamente, como una niña. Se funde conmigo en un beso largo.

Pasan los minutos, quizá horas, y seguimos allí, tumbados en la mesa, abrazados el uno al otro. Me dice que me quiere y que quiere repetir estos momentos conmigo durante toda la vida. Y es que no puedo resistirme a esa sonrisa.

sábado, 25 de enero de 2014

La importancia de una mierda. Capítulo 3: "Hombres y mujeres, condenados a (des)entenderse"

"Las mujeres sois muy complicadas", "Todos los hombres sois iguales"

La de veces que habremos escuchado y/o dicho alguna de estas dos frases. Y a ninguna de las dos ni le sobra ni le falta razón.

Este amor-odio es mucho más fácil de lo que podéis llegar a creer. La solución es saber escuchar y entender a la persona del sexo opuesto (o del mismo) que os pone la cabeza patas arriba.

Antes de empezar, aviso: hablo en general. Algun@s no se sentirán identificados o no lo querrán reconocer. Así espero que no os siente "mal" estas palabras que os voy a dedicar.

Las mujeres no es que sean complicadas de entender, lo que pasa es que a ellos o les dices las cosas como son o no se enteran ni de la mitad. Son así de simples. Ellos son de sumar 2+2 y ellas de 1+1+1+1. O de otra manera, para ellos la distancia más corta entre dos puntos es una línea recta pero a ellas les gusta dar vueltas entre los dos puntos. Se tarda más en llegar de un punto a otro, pero ¿y lo entretenido qué es? Es que en el fondo, siempre serán un poquito niños y con esos enfados por culpa de esas vueltas, a ellas les escapa una sonrisilla y a muchos esas sonrisillas, son un punto de debilidad. No penséis hombres que las mujeres juegan con vosotros, ¡faltaría más! Pero enseguida se os ve el punto débil y en eso, ellas, se dan cuenta muy pronto y no dudan en explotarlo siempre. Ellas también tienen sus puntos débiles, los cuales a ellos les cuesta encontrar, pero es debido a su simpleza. Chicas, no se lo tengáis en cuenta. A ellos les gusta que les digan las cosas y a vosotras mandar, ¿qué hay de malo en eso?

En cambio, mujeres, no deis mil y una vueltas a algo que hace o dice o no hace o no dice un hombre. Si dice blanco, es blanco, no un tono marfilado con ligeros toques color clara de huevo y sombras color champagne. No, es blanco. Punto. No hay más. Son así.


Y vosotros, hombres, más que fijaros en lo que dice una mujer, fijaros en cómo lo dice. El tono de la conversación es esencial, eso y la comunicación no verbal, es decir, gestos, miradas... que las mujeres tienen cara, ojos, boca, no únicamente pechos; así es que, aunque os cueste mucho esfuerzo intentad subir vuestra visión unos centímetros más arriba, ellas lo agradecerán.

Sin embargo, aunque uno sea muy simple y el otro muy complejo, es imposible no quererse, el uno al final no puede estar sin el otro. Están condenados a desentenderse.