¿Alguna vez te has sentido como un pañuelo de papel, que sólo se acuerdan de ti cuando te necesitan y porque no tienen otra cosa mejor que hacer?
¿Alguna vez has pensado que si no estuvieras nadie te echaría de menos, que sólo estás ocupando un espacio en el mundo que podría ocupar otra persona que se lo merezca más que tú?
Sin más compañía que esa soledad que te acompaña, empañada por las lágrimas derramadas por una tristeza desconsolada, viendo la vida pasar, sin pena ni gloria, día tras día, y sin cambio alguno. Deseando empezar de cero en un nuevo lugar.
La peor decepción es la que te llevas cuando estás ilusionado con algo/alguien y te das cuenta que por muchas cosas bonitas que te haya dicho, no eres tan importante como creías. Sólo quieres llorar, llorar hasta reventar, sin consuelo... porque es un día y otro, y otro, y otro... y has tragado tanto que al final acabas explotando. Y te quedas por los suelos, sin importar una mierda al mundo. Siempre excusada nunca siendo la excusa. Dolor. Sólo sintiendo dolor. Una opresión fuerte en el pecho. Lágrimas. Muchas lágrimas. Desconsuelo. Para nada. Para seguir después llenándote de más mierda. Hasta que tras más negativas vuelves a caer. De arriba a abajo en cero coma. Pero te niegas a abandonar. Abandonar es de cobardes. Y lo intentas cuando las aguas vuelven a su cauce y crees que navegas bien. Pero es sólo un espejismo. Estás arriba. Y vuelves a caer.
Eso es la vida, subidas y bajadas. Subiendo poco y bajando cada vez más. Y dolor. Más dolor que alegrías.
miércoles, 3 de julio de 2013
lunes, 1 de julio de 2013
Con la música a otra parte
Siempre que viajo en bus escucho la misma lista de reproducción musical. Es como un ritual. Pues bien, hoy esas canciones me parecían de lo más tristes, melancólicas, llenas de corazones rotos y almas en pena. Las mismas canciones que el sábado tarareaba con una sonrisa de oreja a oreja, aquellas en las que la sonoridad de la batería y los suaves riffs de guitarra me elevaban hasta lo más alto como si de un estimulante se tratara.
Las canciones no influyen en nuestro estado de ánimo, sino que es nuestro estado de ánimo quien influye en las canciones. Es increíble. Siempre creí que era al revés.
Estabas triste, apenad@, y escuchar determinada canción te animaba... resulta que es al revés, esa canción, que produce un efecto estimulante, se convierte en la más triste historia de amor jamás relatada aun sin tratar de amor dicha canción.
Hay que joderse.
¿Y por qué?
No lo sé. Son golpes de efecto, como si de un fuerte solo de batería se tratara, que te da ese músculo llamado corazón y va acompañado de la parte negativa de tus más tenebrosos pensamientos, los cuales son como un bajo en un grupo de música, no sabes que está ahí, pero cuando aparece se nota. Es el dueto de moda, pero a veces, como en los grupos de música también pasa, se necesita una guitarra para dar más sonoridad y notarse más, y ahí es cuando aparece el tercero en discordia: la fría daga de los celos, armando más ruido con unos solos acústicos que te enfatizan todo el disco rallado de tu mente.
E intentas silenciar esa guitarra aliada con el bajo, quieres escuchar más la batería, es ella quién debe marcar el ritmo, es a ella a quién más se la debe oír, pero es imposible...
La guitarra es más y más fuerte y ruidosa cada vez y el bajo se mete bajo la piel adueñándose de la cada vez más desgastada y sin fuerzas batería.
Haz caso a tus golpes en la batería por muy débiles que sean, no dejes que la guitarra y el bajo ganen el duelo. La batería no puede morir.
Haz que tu música te haga feliz. No dejes que tu estado de ánimo influya a tu alrededor y se apodere de tus sentimientos.
Si te caes siete veces, levántate ocho.
Un placer volver a escribir unas breves líneas en mi blog, y más aún poder compartirlas con vosotros. Nos leemos :)
Las canciones no influyen en nuestro estado de ánimo, sino que es nuestro estado de ánimo quien influye en las canciones. Es increíble. Siempre creí que era al revés.
Estabas triste, apenad@, y escuchar determinada canción te animaba... resulta que es al revés, esa canción, que produce un efecto estimulante, se convierte en la más triste historia de amor jamás relatada aun sin tratar de amor dicha canción.
Hay que joderse.
¿Y por qué?
No lo sé. Son golpes de efecto, como si de un fuerte solo de batería se tratara, que te da ese músculo llamado corazón y va acompañado de la parte negativa de tus más tenebrosos pensamientos, los cuales son como un bajo en un grupo de música, no sabes que está ahí, pero cuando aparece se nota. Es el dueto de moda, pero a veces, como en los grupos de música también pasa, se necesita una guitarra para dar más sonoridad y notarse más, y ahí es cuando aparece el tercero en discordia: la fría daga de los celos, armando más ruido con unos solos acústicos que te enfatizan todo el disco rallado de tu mente.
E intentas silenciar esa guitarra aliada con el bajo, quieres escuchar más la batería, es ella quién debe marcar el ritmo, es a ella a quién más se la debe oír, pero es imposible...
La guitarra es más y más fuerte y ruidosa cada vez y el bajo se mete bajo la piel adueñándose de la cada vez más desgastada y sin fuerzas batería.
Haz caso a tus golpes en la batería por muy débiles que sean, no dejes que la guitarra y el bajo ganen el duelo. La batería no puede morir.
Haz que tu música te haga feliz. No dejes que tu estado de ánimo influya a tu alrededor y se apodere de tus sentimientos.
Si te caes siete veces, levántate ocho.
Un placer volver a escribir unas breves líneas en mi blog, y más aún poder compartirlas con vosotros. Nos leemos :)
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