domingo, 9 de noviembre de 2014

Patito Feo

Lo primero, no daré nombres, esta historia es verídica y mantendré el anonimato de la persona que la protagoniza.
Lo siguiente, no pretendo herir a nadie contando lo que voy a relatar, tengo todo el permiso para remover toda esa mierda que lleva oculta varios años.

Muchas veces, para entender el presente de las personas hay que retroceder varios años atrás, y esta vez no iba a ser menos. La infancia puede ser complicada.

Realmente nos damos cuenta de las cosas cuando ya han pasado, y más cuando son cosas de la infancia. Empezamos:

----No te das cuenta de lo chungas que se pueden volver las cosas cuando eres una bolita de carne con gafas que a los tres años empieza a ser el centro de atención del profesorado aprendiendo a leer por tu cuenta.
La situación es sencilla de explicar, tienes 3 años y termina el trimestre. Ves a todos tus compañeros jugando, dando saltos por clase y tú, aislad@, coges una nota del profesor a los padres y te pones a leerla en alto. Tu profesora te ve, te pide que la vuelvas a leer y te lleva a la clase de al lado para que todos te vean rezumar superioridad. (Yo a vuestra edad ya sabía leer).

A eso hay que añadir lo malas que pueden llegar a ser las madres cuando su hijo no es tan aplicado (por no decir que es vago). Una madre no debería usar contra su hijo, aunque fuera para alentarlo, los logros de un compañero de clase. Eso solo puede empeorar las cosas. Como por ejemplo, que ese niño empiece a sentir envidia, celos, de ese compañero, y su manera de actuar sea marginando e incluso burlarse de ese compañero.

Pero centrémonos en la persona protagonista de la historia.

Sabes que vas a ser el patito feo toda la vida cuando un profesor te dice al entregarle un dibujo de plástica que has usado un rotulador tan gordo como tú. Pero en aquel momento no piensas en esas palabras así. Simplemente estás triste porque tu esfuerzo con el dibujo no ha sido recompensado.
Y el llevar gafas de pasta con cristal grueso tampoco ayuda mucho a dejar de ser el patito feo.

Una de las normas de la clase era que las mesas estarían separadas y sólo podían juntarse si se te olvidaba un libro. Así que la única manera de poder ser "niño" eran los recreos. Los recreos eran para jugar o si no te apetecía jugar, subirte a la grada a ver a los equipos de clase jugar a fútbol en busca de ser el campeón de liga.
Nuestro patito feo se juntaba con varios compañeros para jugar a la comba, al escondite... pero un día, así sin más, no lo esperaron para jugar y se fue a la grada. A partir de entonces, otros días, le hacían el vacío, el patito feo daba su opinión y era marginado, incluso se llevaba miradas que insinuaban un "cállate que no pintas nada". Esas miradas siempre eran de la misma persona, aquella persona cuya madre lo alentaba con los logros del patito feo. 

Así fue que, visto lo visto, el patito feo se fue con dos personas ajenas a este grupo que lo marginaba e hicieron buenas migas.
Hasta que cierta persona ya mencionada comenzó a querer separar a ese trío, y no paró hasta conseguirlo unos años más tarde.

Nuestro patito feo rondaba los 13-14 años, se acabó una época: el colegio. Pero empezaba otra: el instituto. Y algunos cambios ya eran evidentes, era un patito adolescente con gafas y aparato dental.
Debido a las asignaturas y optativas, el trío de amigos se separó durante las clases, pero podían seguir viéndose. Por suerte o desgracia, la persona empeñada en destruir al patito feo estaba en un centro diferente.
Ese verano el patito feo y un amigo comenzaron a salir a pasear, ir al cine, tomar algo... lo que se conoce como "salir por ahí". Un día se encontraron con una antigua compañera de colegio que estaba sola y la añadieron al grupo de dos, cuantos más mejor.
Un día no muy especial el patito feo no pudo salir con ellos por enfermedad, llamó para disculparse y salieron los otros dos, con taaaan mala suerte que tuvieron que encontrarse ese mismo día con "la destroza patitos". Esa misma noche, el patito feo recibió un sms de su amigo que no olvidará en la vida: "Será mejor que dejemos de ser amigos". Su amigo reconoció haber quedado varias veces con la destroza patitos a escondidas, sabiendo que existía cierto odio entre ambas personas. El patito feo pidió explicaciones, un porqué, pero no fue así. La amistad se rompió. El patito feo se quedó sola, hasta la chica que añadieron se fue con la destroza patitos. El resto del verano, hasta el inicio de nuevo curso el patito vivió recluido en su celda de cristal.

El nuevo curso comenzó normal, incluso seguían yendo a la misma clase, y antiguos compañeros vieron el cambio tan brutal: de ser inseparables a no hablarse. Pero el patito seguía solo. Se había quedado sin su aliado, sin su compañero de fatigas. Y volvió a llegar el verano. Tenía compañeros, amistades de clase, pero no se les podía considerar amigos, esa gente ya tenía sus grupos formados y no parecía que hubiera intención de querer agregar al patito a sus filas.
Ese nuevo verano el patito se reencontró con unas compañeras de colegio que repitieron el último curso y estuvieron hablando largo y tendido. Una de ellas pidió el teléfono al patito, para llamarlo más veces cuando salieran. Y así el patito encontró un grupo nuevo, un grupo bastante amplio, eran casi 20 colegas. Quedaban los fines de semana, en verano todos los días...

Pero con el paso de los días, cada persona tiene más claro lo que le empieza a gustar, unos la fiesta y otros la tranquilidad, unos ir de bar en bar y otros el arte del cine... asi que el grupo se fue dividiendo; al principio salían todos juntos, pero a la hora de la apertura de las discotecas, unos iban allí y el resto o bien seguían de paseo, o iban al cine. Después ya sólo quedaban los de los bares entre ellos y los del cine entre ellos. El patito feo estaba en el grupo del cine.

Iban a centros diferentes, por lo que durante el curso escolar sólo podían quedar los fines de semana. Estando en clase, nuestro patito con casi ya 17 años se reencontró en su centro con aquella antigua compañera de colegio que también la abandonó y se fue con la destroza patitos; había sido marginada por el grupo aquel, o eso fue lo que al patito le hizo creer.
El patito le dio una oportunidad más y la invitó a su grupo de amigos, y a ellos no les importó, al contrario, hicieron migas enseguida. Estuvieron juntos varios años, aunque por desavenencias algunos se fueron marchando. Lo que se conoce como incompatibilidad de caracteres. Uno de los primeros que dejó el grupo es ahora el mejor amigo del patito feo.
Fue pasando el tiempo más rápido de lo debido y a los dos años sólo quedaban 4 miembros de lo que llegó a ser un grupo de casi 20.

El patito feo, con la mayoría de edad cumplida, al acabar sus estudios decidió realizar una FP, la amiga que tenia en su centro, eterna repetidora, se fue al otro centro, y allí coincidía con el resto de los pocos miembros que ya quedaban. Aun así, seguían quedando los fines de semana para ir al cine, alquilar una peli, salir por ahí de tranquis...

En la FP el patito hizo amistades, peligrosas cabe añadir. Una de esas amistades le presentó a un posible compañero sentimental. Tuvieron una cita y pareció congeniar la cosa, por decirlo de alguna manera. Esa persona se puso en contacto con el patito, la amistad de la FP le había pasado su número de teléfono. Quedaron de nuevo, varias veces, a escondidas de la gente. Pero no todo el mundo era ajeno. El patito tenía bastante confianza en aquella chica que metió en el grupo, y emocionada con la vida, el patito le contó lo que había pasado con aquel "amor", incluso era su tapadera cuando salía para no levantar sospechas.
Su amiga de la FP le hizo un regalo muy especial por Reyes, le conto la verdadera historia de su "amor": estaba emparejado y con dos hijas. El patito no la creyó puesto que su amiga de la FP fue anterior "amante" de él y creía que lo que de verdad pasaba era que estaba celosa. Pero resultó ser verdad, estaba emparejado y tenía dos hijas.
Su pareja era familia de los peores gitanos del pueblo. Su amiga de la FP no era tan amiga, hizo al patito amante del chico, fue donde la pareja del chico y se le contó todo: le dijo quien era el patito y donde lo podía encontrar. Y lo encontró. Llamó por teléfono al patito amenazándolo de muerte, no olvidará nunca lo que oyó ese día: a mi me meterán en la cárcel y me quedaré sin mis hijas, pero a ti de debajo de la tierra no te saca nadie. Su siguiente amenaza fue: quiero hablar con tu madre, que sepa el patito que tiene, si no lo haces, me presento en tu casa con mi familia y no sales viva.
El patito, con lágrimas en los ojos, le pasó el télefono a su madre. Y hablando llegaron a un acuerdo. ¡Bendita mamá pato!.

El patito quedó castigado, incomunicado con el mundo exterior y siempre acompañado de mamá pato. Llegó el día del levantamiento del castigo del patito. Con vergüenza, con mucha vergüenza, quedó con sus amigos, y éstos le pidieron explicación de lo sucedido. El patito mintió, no se sentía con fuerzas para contar toda la historia, lo que no sabía era que su confidente del grupo, aquella a la que pidió silencio, lo vendió por unas monedas de plata. Esa tarde se acabó la vida social del patito. Sus amigos no quisieron saber nada más del patito, ni siquiera lo dejaron explicarse. El patito les avisaba de quedar e iba, pero nadie aparecía. A sus casi 20 años, perdió sus amistades y desde entonces no ha encontrado otras con quien salir, quedar, el rollo de siempre...

Ha tenido compañeros y colegas de clase, pero que sólo han sido eso. Acaba el curso y desaparecían. Amistad con caducidad.

Excepto una: aquel que abandonó el grupo con incompatibilidad de caracteres, excepto con el patito. Se convirtió en su pilar, es aquel que mantiene cuerdo al patito y no lo deja caer en la amargura de la soledad.

Hay otras personas en la vida del patito que también son muy muy importantes. Y que sin ellos, el patito no sería lo que es hoy en día: un patito... menos feo----

Me ha quedado más larga de lo que esperaba, ojalá hayáis llegado a estas líneas finales. Gracias por leerme

viernes, 29 de agosto de 2014

Amor a toda vela

Era un día de un verano reciente, con un atardecer rojizo, estábamos sobre el mar Mediterráneo en un velero con las velas recogidas sobre la cubierta, tumbados, sintiendo la suave y cálida brisa de la costa del azahar en nuestro rostro.

Bebíamos champán, celebrando nuestro aniversario de amor; cuando mi amado, rodilla en popa, destapa una enorme caja azul con un delicado lazo rojo que había estado cubierta con las velas.

No me esperaba nada, le pedí explicaciones debido a su mala memoria para las fechas, pero no obtuve respuesta... sólo un gesto que me indicaba que abriera la caja. Me temblaban las manos, sentía clavados sus ojos en mis gestos, la abrí con nerviosismo.

De ella salió otra igual pero de menor tamaño. Abrumada, le interrogué con la mirada esperando algún gesto que lo delatara, sus ojos y su sonrisa me indicaban que continuara con ello. Desenvolví el regalo a mayor velocidad que la vez anterior, sin embargo, volvió a sucederme lo mismo que al principio, apareció otra caja igual de menor tamaño.

Comprendí el juego, y tras una mueca burlona seguí desenvolviendo paquete tras paquete, como si fuera una niña la mañana del 6 de enero.

Tras unos pequeños minutos de expectación me quedé con una pequeña cajita del tamaño de un puño sobre las manos. Miré a mi amado, seguía de rodillas, como al principio de ponerme a abrir cajas y cajas de regalo. Incrédula, me imaginé lo que podría haber en esa pequeña caja, sentí como poco a poco empezaba a ruborizarme esperando la pregunta. No tenía que pensar en mi respuesta, sabía cuál iba a ser desde hace tiempo. Ágilmente recordé como me imaginaba que sería este momento y cómo él lo había hecho inmejorable.

Mi cuerpo no respondía, veía su labio temblar, estaba esperando el momento perfecto, cuando nuestras miradas conectaran, para pronunciar, cual palabras mágicas, la tan ansiada pregunta.

La brisa marina seguía soplando. Por el aire volaban los pequeños trozos de papel de regalo que iba dejando sobre la cubierta mientras abría los paquetes. Él abrió el estuche, nos miramos fijamente, con dulzura mientras él deslizó el precioso anillo sobre mi dedo anular.

"¿Quieres casarte conmigo?" Sus ojos corroboraban lo que sus palabras transmitían

"¡Sí, mi amor!"

De pie, abrazados, nos fundimos en un bello beso con el sol terminando de ocultarse tras nosotros. Nuestra pasión creció por momentos al igual que llegaba la noche, y la culminamos sobre la cubierta del barco con la luna llena ya sobre nosotros.

martes, 24 de junio de 2014

Una historia de tantas

Ella estaba saliendo del portal cuando lo vio aparecer. Él llevaba las ropas del trabajo: un simple y viejo chándal azul marino con una camiseta blanca, aunque a veces era gris. Él la descubrió mirándole y la saludó con sus blancos dientes perfectamente alineados. Ella no sabía qué hacer, se había puesto nerviosa y sólo pudo dedicarle su mejor sonrisa.

Era un amor de juventud. Su primer amor. Su primer desvelo. Su primer desengaño.

A sus quince años no había conocido otra cosa, había pasado de enamorarse de sus ídolos musicales y del mundo del cine a enamorarse de alguien a quien podía tocar, de alguien con quien podía mantener una conversación fluida, de alguien cuya sonrisa le ponía el cuerpo patas arriba. Lo que toda quinceañera podría desear en su más reciente adquirida adolescencia.

Pero a la vez, era realista y sabía que los sentimientos que ella tenía hacia él no eran correspondidos. ¿Quién iba a fijarse en una bolita de carne como ella? No era la chica ideal para él, no medía 1'75 m, no pesaba 65 kg, era todo lo contrario: apenas pasaba del 1'60 y sobrepasaba los 70kg. Era consciente de que ni a él ni a nadie pudiera llegar a gustar alguna vez.

Sin embargo, no le importaba. Seguía sonriendo cada vez que lo veía. Siempre pensaba que alguna vez esa sonrisa sería más fuerte que lo que escondían sus amplias ropas. Pero no fue así.

Tras varios meses de miradas furtivas y sonrisas robadas en el lugar de trabajo de él, tras varios meses de momentos creados que parecían intuir algo más de lo que realmente ocurría; entró una mujer alta, de pelo castaño y ojos marrones, piel dorada por el sol y un cuerpo sacado de cualquier revista de estilo y moda. Todo lo contrario a ella.
Esta mujer, nada más pisar el lugar, fue hacia él sonriendo, él le correspondía la sonrisa con una aún más amplia. Se besaron. Un beso agridulce, dulce para ellos, agrio para aquella cliente que esperaba su turno, aquella cliente enamorada en secreto.
Aguantó la compostura delante de él. Llegó su turno, compró y salió sin sonreir, toda una novedad en ella. Se alejó de allí, con un regusto amargo en la boca, con la realidad encontrada de bruces, con una puñalada de veracidad en el pecho.

Esta historia no tiene final feliz, pero tiene un final. Toda historia ha de tenerlo. Esas sonrisas han quedado en el recuerdo, esas miradas han sido olvidadas en la misma tienda que a día de hoy cerró sus puertas.
Es sólo una historia de tantas.

martes, 28 de enero de 2014

Sí, señor director

Verano. Lunes en la oficina. Sin aire acondicionado desde la semana anterior, lo cual me obliga a llevar menos ropa de la esperada, una camiseta negra estilo nadadora y una minifalda negra con vuelo. Sé que no es una ropa formal para ir a la oficina pero es lo más fresquito hasta que mantenimiento arregle el aire acondicionado.

La silla se repega en mis piernas, no aguanto cinco minutos sentada frente al calor que desprende el ordenador de mi mesa. Divido mis viajes entre la fuente de agua fría y el baño. Cada 15 minutos, además, mi jefe me pide un vaso con cubitos de hielo. Y yo, como buena secretaria, cumplo órdenes.

Llamo a la puerta y entro en su despacho; lo decora una mesa demasiado grande para lo poco llena que la tiene, 4 papeles mal puestos, su agenda y algún bolígrafo con el capuchón mordido. Es de amplios ventanales, aunque ahora, y debido al calor, mantiene las persianas casi bajadas del todo. Un enorme techo de espejo da amplitud al lugar "¿Para qué quiere este hombre un espejo ahí?" Siempre me hago esa pregunta cada vez que entro.

Le dejo el vaso en su mesa, como él me pide. Hoy lleva una camisa roja con corbata negra, el traje negro también. Está increíblemente atractivo. Dejo a un lado mis impuros pensamientos y le pregunto si necesita algo más de mi. Se quita la chaqueta y me pide que se la cuelgue en el perchero. Él se levanta de su sillón ejecutivo y cierra tras de mí la puerta, oigo que pone el pestillo.

Se acerca a mí lentamente, lleva el vaso con los cubitos de la mano. Muy cerca de mis labios me susurra "hace calor ¿no cree?" Coge un hielo, y lo desliza por mi cuello "quizá esto consiga refrescarla señorita, ¿se siente mejor". Asiento con mi cabeza y respondo "está muy bien señor director". Él me sigue pasando el cubito de hielo por todas las partes descubiertas de mi cuerpo, acelerándose mi respiración más y más "¡Qué bien huele este hombre!"

"¿Sabe señorita? Aún no he bebido agua, podría aprovechar lo que hielo ha ido dejando..." Besa mi cuello lentamente, mis hombros, mi escote... y se detiene justo enfrente de mi boca, puedo notar el frescor de sus labios en los míos, pero no hace nada, no me besa, solo me mantiene ahí, agonizando, esperando el impacto de nuestros labios.

En una milésima de segundo tomo la iniciativa. Agarro la corbata de mi señor director y le llevo hasta su mesa. Con un brazo echo al suelo todos sus papeles, le obligo a tumbarse boca arriba encima y yo a gatas trepo por él, "me excita tanto señor director...", "y usted a mí". Se desbrocha la corbata. Yo me acerco lentamente y le beso con pasión, con esa pasión que no me dejó sacar cuando estábamos de pie, sus manos agarran mis caderas con firmeza, le muerdo el labio inferior, es mi presa. Acaricia mis glúteos bajo la falda, me sonríe pícaramente y me devuelve el beso y el mordisco, disfrutando del momento.

"Besas mejor de lo que me imaginaba señorita. Aunque debería castigarte por morder a tu jefe..." Y me azota en la nalga derecha. Un leve gemido placentero sale de mi garganta para meterse en su oído. Y vuelvo a morderle el labio. "Parece que no aprendes..." Un azote en la nalga izquierda no consigue que reprima mis gemidos. Me coge, se incorpora, me pone contra la mesa boca abajo, inmovilizada, con el culito al borde de la misma, expuesta a cualquier cosa; me vuelve a azotar. Se acerca a mí y me susurra "ahora te portarás mejor" y me ata las manos a la espalda con la corbata.

Me gira, me arranca la camiseta, dejándome al aire todas mis intimidades. Se lanza a mi cuello, gimo y me manda callar. Llega a mis pezones, los roza, los besa suavemente... me contraigo frente a él, me los besa con pasión, desenfreno, locura, succiona, muerde... y yo muero al sentir como su mano recorre el interior de mis muslos, como empieza a masajear y a estimular mi centro del placer... "¿vas a volver a ser mala conmigo?" me susurra mientras elevo mis caderas adaptándolas a su mano. "Sí, señor director, si el castigo es éste seré mala eternamente" consigo articular entre mis jadeos, sus dedos han comenzado a inundar mi interior... hasta que para en seco. Me desata las manos, con un brillo en los ojos. Sé lo que quiere, y sé que se lo puedo dar.

Le llevo a su silla, le siento, me arrodillo ante él, desabrocho sus pantalones los cuales bajo con suavidad y lentitud. Su erección queda atrapada en los boxers. Me levanto, me siento sobre él, de frente. Pongo mis manos en su cara, lo beso mientras muevo mi cuerpo en un vaivén sobre su entrepierna abultada. Sintiendo como se clava. Vuelvo a arrodillarme y lo libero de su cárcel de algodón. Con miedo toco su virilidad pero la agarro fuerte después. Arriba, abajo, arriba, abajo, siguiendo el ritmo de su respiración. Sientiéndola enducerse más. Beso la base de su nacimiento, beso y voy subiendo... hasta llegar a besar su húmeda punta. Bajo y sigo besando, lamiendo, subiendo... mi lengua juega con su punta.

Introduzco despacio su virilidad en mi boca, él siente mis dientes, mi lengua... Con una mano agarro firmemente la base y mi cabeza sube y baja con su virilidad bien dentro. Lamiendo la punta, succionando hasta el fondo, pasando ligeramente los dientes. Chupo. Lamo. Succiono. La llevo hasta el fondo. Muerdo la puntita. Le oigo ahogar un grito. A la vez que muevo mi cabeza, también muevo mi mano, apretando. Lamiendo alrededor de su hombría, succionando su esencia. "¿Está bien así, señor director?"

Se incorpora jadeante, me tumba sobre la mesa, besa mi abdomen bajando hasta mi muslo. Se acerca peligrosamente a mi sexo. Besa mi éxtasis, lo lame, lo succiona, lo estimula rápidamente con su lengua. Un suave dedo se introduce en mi interior, lo mueve, me masajea por dentro. Yo me retuerzo entre sus manos. No deja de besarme ahí, de lamerme y succionarme. Me muerde. Chilló de placer. Con otro dedo busca mi zona más sensible, acelerando el ritmo mientras me besa como si no fuera a existir el mañana para nosotros, ahogando mis jadeos. "Me muero por estar bien dentro de ti señorita, y que me sientas entero".

Se acomoda encima de mi, y me introduce su sexo en el mío sin prisa... pero sin pausa. Mirándome fijamente. Se mueve despacio. "Oh... señor director". Entre sus jadeos y los míos va acelerando sus embestidas. Siento como si quisiera atravesarme. Me agarra de la cintura fuertemente, atrayéndome hacia él, empujando dentro de mi con todo su potencial. Me gira y me pone a modo de perrito y sigue más fuerte. Entre jadeos y vaivenes nuestros cuerpos se van fundiendo. Me da un par de azotes en las nalgas. Ahogo mis gritos. A más azotitos, más jadeos, a más jadeos, más me embiste mi jefe. Le siento llenarme. Agarra mis nalgas, luego mis pechos, me arquea para tener más amplitud de mí.
Le tumbo yo ahora a él y me siento sobre él. Es hora de jugar. Yo dominaré a esa bestia, yo seré la ama y él mi dominado. Vuelvo a introducirme su sexo en mí, me encorvo hacia atrás para que mi señor director pueda ver lo tan profundo que es capaz de llenarme. Me muevo encima de él, jadeando en su oído. Apretando mi sexo con el suyo dentro. Me agarra de la cintura y nos movemos juntos. Nuestros jadeos son cada vez más y más sonoros. Me muevo en círculos con su virilidad dentro de mí, aumento la velocidad. Le susurro al oído "lo quiero todo y lo quiero ya"... Subo y clavo las bajadas, varias veces hasta que consigo llenarme por completo de él.

Extasiada, me tumbo sobre él. Me abraza. Hace calor, pero no nos importa. Le sonrío tontamente, como una niña. Se funde conmigo en un beso largo.

Pasan los minutos, quizá horas, y seguimos allí, tumbados en la mesa, abrazados el uno al otro. Me dice que me quiere y que quiere repetir estos momentos conmigo durante toda la vida. Y es que no puedo resistirme a esa sonrisa.

sábado, 25 de enero de 2014

La importancia de una mierda. Capítulo 3: "Hombres y mujeres, condenados a (des)entenderse"

"Las mujeres sois muy complicadas", "Todos los hombres sois iguales"

La de veces que habremos escuchado y/o dicho alguna de estas dos frases. Y a ninguna de las dos ni le sobra ni le falta razón.

Este amor-odio es mucho más fácil de lo que podéis llegar a creer. La solución es saber escuchar y entender a la persona del sexo opuesto (o del mismo) que os pone la cabeza patas arriba.

Antes de empezar, aviso: hablo en general. Algun@s no se sentirán identificados o no lo querrán reconocer. Así espero que no os siente "mal" estas palabras que os voy a dedicar.

Las mujeres no es que sean complicadas de entender, lo que pasa es que a ellos o les dices las cosas como son o no se enteran ni de la mitad. Son así de simples. Ellos son de sumar 2+2 y ellas de 1+1+1+1. O de otra manera, para ellos la distancia más corta entre dos puntos es una línea recta pero a ellas les gusta dar vueltas entre los dos puntos. Se tarda más en llegar de un punto a otro, pero ¿y lo entretenido qué es? Es que en el fondo, siempre serán un poquito niños y con esos enfados por culpa de esas vueltas, a ellas les escapa una sonrisilla y a muchos esas sonrisillas, son un punto de debilidad. No penséis hombres que las mujeres juegan con vosotros, ¡faltaría más! Pero enseguida se os ve el punto débil y en eso, ellas, se dan cuenta muy pronto y no dudan en explotarlo siempre. Ellas también tienen sus puntos débiles, los cuales a ellos les cuesta encontrar, pero es debido a su simpleza. Chicas, no se lo tengáis en cuenta. A ellos les gusta que les digan las cosas y a vosotras mandar, ¿qué hay de malo en eso?

En cambio, mujeres, no deis mil y una vueltas a algo que hace o dice o no hace o no dice un hombre. Si dice blanco, es blanco, no un tono marfilado con ligeros toques color clara de huevo y sombras color champagne. No, es blanco. Punto. No hay más. Son así.


Y vosotros, hombres, más que fijaros en lo que dice una mujer, fijaros en cómo lo dice. El tono de la conversación es esencial, eso y la comunicación no verbal, es decir, gestos, miradas... que las mujeres tienen cara, ojos, boca, no únicamente pechos; así es que, aunque os cueste mucho esfuerzo intentad subir vuestra visión unos centímetros más arriba, ellas lo agradecerán.

Sin embargo, aunque uno sea muy simple y el otro muy complejo, es imposible no quererse, el uno al final no puede estar sin el otro. Están condenados a desentenderse.