"Te espero a las 16.00 bajo el arco de la plaza. Lleva ropa cómoda"
Acudió a su cita puntual como siempre había sido, y allí le encontró con un casco de moto bajo cada brazo. Se dieron un corto beso en los labios a modo de saludo, y se dirigieron al parking.
Fueron por autovía cerca de cuarenta minutos hasta encontrar la salida que esperaban. Tras casi una hora intentando circular por un camino de tierra llegaron a un pequeño claro donde aparcaron la moto. Siguieron andando unos metros en la profundidad, hasta llegar al lugar más bello jamás encontrado.
Una cascada de agua fría interrumpía sus pensamientos, la hierba brotaba y cubría parte de las rocas que rodeaban el pequeño lago que tenían bajo sus pies. Se respiraba primavera, un olor puro, virginal, embaucador. Los árboles cubiertos de verdes hojas eran tan frondosos como la juventud que emanaba de la dulce pareja.
Se despojaron de sus ropas y, como la Madre Naturaleza los creó, se lanzaron al lago. Pasaron bajo la cascada, sintiéndola caer sobre sus cansados hombros; nadaron juntos, se ríeron, se besaron, se amaron en un silencio roto. La hierba fresca fue testigo de su incipiente amor y la luna llena fue apareciendo poco a poco para taparlos bajo su estrellado manto.
El viaje de vuelta al mundo cosmopolita fue rápido, lleno de esperanza. La esperanza de volver a su parcelita de amor, a su rincón tranquilo.
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